Envejecer es inevitable, y posiblemente la explicación más lógica a este proceso es que nuestro cuerpo funciona como una máquina.

Salvando las distancias podemos compararnos con un coche. Con el paso del tiempo y de las distancias que recorren comienzan a deteriorarse, tanto de forma externa, necesitando reparaciones de chapa y pintura; como muchos de los elementos del motor que precisan una sustitución. Aun así, por muchas reparaciones que practiquemos al automóvil y por muy bien que lo conservemos, un día dejará de funcionar.

Nuestro cuerpo, un automóvil con difícil arreglo

Lo mismo ocurre con el cuerpo humano. Cuando estamos en la etapa joven soportamos tanto esfuerzos físicos como emocionales y, en la mayoría de ocasiones, cualquier problema de salud que aparece es posible solucionarlo a través de distintos tratamientos.

Pero cuando nuestro cuerpo lleva recorrido muchos kilómetros, comienzan a deteriorarse partes del cuerpo que no tienen fácil recuperación. Comienzan a aparecer enfermedades a causa del paso del tiempo y muchas veces la única solución que existen son los tratamientos para aliviar los dolores, pero no para curar el foco del dolor.

Es en el momento en el que los achaques de la edad comienzan a aparecer cuando se necesita ayuda de una tercera persona para poder realizar algunas actividades. Normalmente, primero se precisa de esta ayuda para tareas específicas que requieren de un gran esfuerzo físico, pero más adelante, e inevitablemente, se necesitará ayuda para realizar las tareas más cotidianas.

La teoría puede ser sencilla, pero tendemos a ser muy “cabezotas” y no reconocer que nuestro cuerpo ya no es el que era hace unos años. Lo mejor es intentar concienciarnos de que el paso del tiempo hace mella en todos, y que por ello hay personas especializadas en ayudarnos, que pueden hacer que podamos vivir una tercera edad lo más relajada y disfrutándolo lo máximo posible.